Rescatada de los tomos “Escritos de Manucho”, reunidos por el Primer abad segundo de la tercera orden de Enrique IV.
El diablo, que era más o menos joven aún, se levantó y se impersonó ante Ramiro el sonriente, compañero y amigo de Manucho.
Le dijo:
- Tú, que eres ciudadano hábil y el arte de los números no te es esquivo, ve y cuenta el número de hombres dispuestos a pelear por tu tierra.
Ramiro era un hombre resuelto y no andaba bien de la vista, así que no vio que era el diablo el que le decía esto y, por temor a quedar mal con alguien más, le respondió:
- Dale.
Entonces Ramiro reunió a sus subtenientes y dio la orden de contar a todo hombre armado desde Sheeba hasta Trahee.
Manucho se enteró de que Ramiro intentaba hacer esto y decidió hablar con él.
- ¿Qué vas a hacer?- le dijo- ¿Contar soldados?
- Sí, me han pedido que haga un censo.
- ¿Quién?
- Oh... tú sabes... aquel tipo... el que anda... allá...
Manucho por esa época debía mucha plata debido a una apuesta que había perdido al no poder aguantar la risa en el velorio de un hijo del rey. Por eso era que tampoco se sentía con mucha autoridad para rebatir las órdenes de un desconocido.
- ¿Pero vos tenés idea de la cantidad de gente que es? Se te va a quemar el cerebro. Creo que dios no quiere que contemos soldados. Del modo que sea, él puede hacer que se dupliquen o peor aún, puede convertirlos a todos en mandarinas y obligarnos a ponerlos en un canasto hasta que fermenten... fijate.
Aún con argumentos tan sabios, Manucho no pudo disuadir a Ramiro de su tarea.
Ramiro contó a todos los soldados y volvió, cansado y muy cansado.
- Son cuatro millones de espada en mano- así comenzó con su relación de lo visto- y seis millones de lanza y escudo. Así he contado, desde Sheeba hasta Trahee.
- Acabo de llamar a lo de mi tío, el del pueblito ese de la mina de cobre- dijo Manucho-. Me dice que nunca te vio pasar. Parece que contaste mal.
- Veo que no he visto un pueblo. Así lo señalas amigo ¿Cuantos habitan ahí?
- Ni idea, sesenta, cuatrocientos, no sé. Vas a tener que volver.
- La puta que te parió... me cago en dios...
dios oyó esto y envío un ángel para ver que sucedía porque él tenía que recibir gente y no había ordenado. El ángel descendió y vio que un censo había sido hecho contra la orden de su señor.
- Los censos me ofenden- dijo dios al ángel-. Ya olvidé el porque, pero me ofenden. Todo eso de andar contando gente está muy mal.
dios en persona fue hasta Ramiro. Manucho cuando lo vio venir se alejó un poco por las dudas y apagó su cigarrillo. Dios estaba lleno de ira y se trababa al hablar.
- ¡Solo veo una salida a lo que has hecho contra mi nombre!- gritaba a un Ramiro petrificado- ¡O mejor tres, que sean tres! ¡Que nadie diga que no soy justo!
- ¿Tres salidas, mi señor?- Preguntó de un modo apenas audible Ramiro.
- ¡Sí! ¡Tres opciones!- Bramó el señor- ¡Opción uno! amputación de la mano derecha y rodillazo en la boca. ¡Opción dos! no volver a tener contacto con otro ser humano hasta que domines el arte de tocar el piano sin ayuda de profesor. ¡Opción tres! seis años hablando sin la N. ¡Elegid, criatura!
Ramiro ocultó su sorpresa. Él era ya un pianista de cierta reputación pero dios no se acordaba, por lo que eligió la opción dos con toda la pena y resignación que le fue posible fingir.
- ¡Que así sea, Ramiro, quien hizo un censo contra todas mis clarísimas recomendaciones al respecto!
Mientras dios se disponía a partir, Manucho, a espaldas de Ramiro, llamó con sutileza la atención del creador y le hizo un par de gestos señalando a su amigo, dando a entender que este era ya, un pianista de cierta reputación. dios se volvió hacia Ramiro.
- ¡Pretendías engañarme! ¡Tu descaro no conoce de límites, oh censista del abismo!
Entonces le pegó un rodillazo en la boca que le bajó un premolar y cuando se disponía a amputarle la mano derecha le dio un poco de impresión y tan solo le pateó la boca de nuevo bajándole siete dientes más.
dios se fue haciendo gesto de ojo. Manucho se quedó mirando a su amigo y le dijo,
- Deberías haber tenido más sensatez cuando elegiste desoír su mandato. Que buen rodillazo que pega ese tipo.
Y todos menos Ramiro, que se sorprendía por la cantidad de dolor que contenía una boca, entendieron que los censos eran obra del maligno y siguieron con sus ocupaciones. Manucho olvidó el número de soldados y prendió otro cigarrillo tras intentarlo un par de veces.
(Fin del Cáp.)
miércoles, 6 de octubre de 2010
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