Gracias a ser hombre, y no hay dudas de que lo soy, sé a su vez lo que es ser un pelotudo.
¿Qué clase de pelotudo se preguntarán? Bueno, pelotudo simpático, por decir algo. Es inherente (siempre quise usar esa palabra) a la naturaleza masculina comportarse como un pelotudo. Es cuan seguido evitamos la pelotudez lo que nos hace más o menos elevados. Recordemos si no aquella vez en la que Einstein le quitó la silla a Rutheford para impresionar a su chica. Por supuesto ella no lo encontró gracioso y dejó a Einstein por un tipo de una estación de servicio que a decir verdad tenía un sentido de la decencia capilar mejor. Rutheford entendió que nada de bueno había en la venganza, aunque igual le meó el café durante un año.
¿Por qué Rutheford le servía el café a Einstein?
Misterioso, sí. Extraña también la confianza de Einstein al tomarlo cuando Rutheford se lo daba ríendo para sí y mascullando cosas en italiano.
Es por esto que quiero resaltar algunos sucesos históricos y no tanto, y a los hombres detrás de estos, que bien han sabido ganarse el mote de pelotudo.
Si entendemos que un hombre es la suma de sus acciones entonces podemos descansar tranquilos pensando que apenas tenemos la capacidad de hacer pelotudeces, mas eso no nos convierte en pelotudos si no en hombres. (Este último argumento es un tanto rebuscado pero en más de una ocasión me ha permitido dormir mejor.)
Tomemos el ejemplo del ladrón que ocupaba un lugar al lado de Jesús en la cruz y supo arrepentirse a tiempo pero más aún, tomemos el ejemplo del otro que los secundaba pero no siguió este camino. El diálogo, según los revisionistas bíblicos, habría sido de este modo.
-¿Por qué me sucede esto a mí, que apenas soy un ladrón sin suerte y que ningún mal deseaba a ninguno?
-¡Shh! No habléis con aquel que se hace llamar mesías. Si fuera un hacedor de milagros ya hubiera bajado de la cruz y lo propio hubiera hecho por nosotros.
- Hijo- dijo Jesús aunque este no era su hijo real-, abraza a mi señor que aún estás a tiempo y esta noche dormirás en su reino.
- Bueno- respondió el ladrón arrepentido.
- ¿Qué dijo?- pregunto el desafiante ladrón que estaba medio lejos de Jesús y tenía una infección en el oído- Eh vos, pelo largo, ¿Qué dijiste?
- Dije- Alzo la voz Jesús- Que por bardear ahora te quedaste sin el pan y sin la torta, gato.
- ¿Qué dijo?- preguntó una vez más.
Fue entonces que tanto Jesús como el ladrón arrepentido, se desmaterializaron dejando dos cruces vacías y un montón de romanos enojados.
- Eh! ¿Qué onda viejo?- dijo el desafiante ratero abandonado.
Los romanos entonces golpearon muchas veces en la cara al solitario ladrón y lo hicieron presa de extensas burlas y nombres que zaherían su dignidad, uno de ellos “Polotudo”, que no sabemos si es un origen distorsionado del término o bien es una mala pronunciación hecha en medio de accesos de risa.
Se rescata de todo esto que el desafortunado ladrón cometió uno de los más peligrosos pecados de pelotudez, el hablar de más o hablar cuando nadie te preguntó nada. Ya por seguir un análisis más referente a lo teológico, podemos ver una clara mención por parte de Jesús al posterior castigo que recibirá el ladrón, ya que este se ha quedado “Sin el pan y sin la torta”, clara alusión al cielo y al infierno. En su lugar recibirá este hombre un castigo terrenal y no una vez si no varias. Esto se hace claro en el uso del epíteto “Gato”, animal que no muere una si no siete veces.
Otro ejemplo citado hartas veces sobre la inmensa pelotudés humana, es el relatado por Emanuel Swedenborg, filósofo escandinavo reverenciado por sus pares debido a su gran profundidad mística y su capacidad casi inacabable para encontrar parecidos en personajes de la farándula.
Su fábula va de este modo.
Había un hombre que había renunciado a todo y había obligado así a que gente como yo se viera en aprietos a la hora de evitar la palabra había.
Era este eremita una persona que entendía la vida de un modo muy simple. El cielo era alcanzable para cualquiera que rezara lo suficiente y se abstuviera de pagar por sexo y comprar libros de chistes. Claro que para eso solo había un modo posible y era no tener dinero. Para este fin el eremita hacía un pan de levadura que era, la verdad, mérito suficiente como para que le sacaran los ojos de una patada en la nuca. Así es que los días pasaban y el nunca tenía una moneda más allá de aquellas que le daban ciertos albañiles que compraban su pan con fines no comestibles, y las noches llegaban sin que él anciano tuviera una tentación real de poder agarrarse un bicho por ahí con la plata que casi no le hacía ruido en los bolsillos.
El eremita tenía un cuñado paraguayo que un día fue a visitarlo y al no encontrarlo se escondió atrás de una puerta para asustarlo. Esa noche cuando el anciano se disponía a barrer la cocina, el cuñado le pego un grito de “¡Guarda!” que fue demasiado para su corazón tan débil, y murió.
Una vez en el cielo, este ignorante y ascético hombrecillo, se dispuso a recibir la gloria celestial tan a pecho ganada en la tierra. Fue recibido por un ángel de setenta alas que le dijo al recibirlo “Bien llegado eres y bien llegado sos. Responded, ¿Qué es una hoja cuadriculada?”.
El eremita nunca había comprado libros de chistes y por eso no sabía que la respuesta era una maratón de gallegos vista de arriba y por toda respuesta dio su silencio. Rápidamente este silencio se tornó incómodo para él y para el ángel, que tratando de desviar la charla preguntó: “y… que mal la selección no?”, pero nuevamente el eremita se vio inútil en su esfuerzo por responder ya que no compraba el Olé!.
Así vagó por los cielos el anciano en sus primeros días, abandonado a las preguntas de los ángeles que a sus oídos eran enigmas tales como “¿Conocés a Marcelo?” o “¿Te invitaron a la fiesta?” y otros de más críptica factura aún.
No mucho después los ángeles perdieron el interés en el hombrecillo y sintieron algo de pena por un hombre que no entendía que Messi no puede jugar de volante.
Así fue que le dieron un rincón alejado en el cielo donde podría recrear su vida en la tierra y orar sin ser asustado por su cuñado pero sabiendo que aún si quisiera, ya no podría alcanzar aquellos libros de chistes.
De todos modos una vez un ángel le tiro una pepa en el té para ver si se avivaba pero el viejo se pego un susto que lo dejó tres días abajo de una frazada.
Lo que esta fábula nos enseña es que no hay pelotudés más grande que la renunciación. Si dos hombres van a ponerla y uno dice “No, dejá, pasá vos, al final no tengo ganas”, entonces este hombre es un pelotudo. Además tendrá que pasar los próximos veinte minutos tratando de sacar charla con prostitutas que toman mate sin invitar y un tipo de la federal que le sangra la nariz.
En la fábula de Swedenborg hay un dejo de castigo moral en lo que le sucede al eremita, ya que él procura no tener dinero para evitar la tentación en vez de renunciar a mera fuerza de voluntad. El hacer pan feo en esa época era muy mal visto, y es rumor que la historia fue inspirada por un afán de venganza a raíz de un panadero que le hacía el baile del robot a Swedenborg para mofarse de su apellido.
Rescatamos ahora, fragmentos de los tomos escritos por un joven Sigmund Freud en pos de verificar cierto accionar suyo a la hora de sacar conclusiones, un proceso por el cual siempre se lo ha reconocido como un hombre de profundo razonamiento y brillante intuición.
Este pequeño fragmento encontrado con esfuerzo entre sus obras inéditas, aporta a nuestro humilde racconto.
(…) Tomemos el caso de una de mis pacientes recientes ¡Vaya rima Sigmund! Nos referiremos a ella como Emily M. por respeto al lazo afectivo que me une a su familia, ya que los Matheson de east Wilkishire son, y profetizo, serán, grandes amigos míos ad eternum.
Emily M. vino a mi consulta aquejada por un agudo dolor en el hígado y luego se puso de pie e intentó excusarse al entender que se había confundido de edificio. Logré persuadirla para que se quedara y me confiara más acerca de su aflicción ya que sospechaba que podía tratarse de un trastorno del tipo psicosomático. Tras una breve reseña de sus hábitos comencé a vislumbrar pequeños datos inconexos que prometían una posible respuesta al enigma.
Emily cuidaba de su padre, un hombre muy enfermo y atacado por un extraño caso de paranoia lumbar que le impedía recostarse en sillones por temor a ser traicionado por su columna y era así que dormía parado y no jugaba a las cartas, todos estos eran síntomas que hacían gran mella en su vida social.
Emily era una mujer de rituales y de este modo es que podía llevar adelante su vida sin descuidar a su padre. Por las mañanas gustaba de desayunar cuatro arenques fritos en manteca de cerdo acompañados por unas confituras de ruibarbo que según ellas eran excelentes para despertar el espíritu a esas horas.
La alenté a que continuara con sus costumbres matutinas ya que una mínima alteración en su rutina podía hundir a su psique en pánico y agudizar su dolencia.
A las claras Emily tenía cuestiones que resolver con su padre ¿Pero como abordar un tema de tal delicadeza con una dama tal? Mi consulta se me antojaba demasiado fría y distante y por suerte pudimos acordar una oportunidad para que, mediante una cena frugal, pudiéramos charlar con mejor comodidad.
Emily eligió una fonda de la cual desconocía yo su reputación y nombre, y ahí fue que nos encontramos.
Yo pedí el salmón magro con alubias y Emily ordenó el conejo relleno de lasagna, para sorpresa mía que desconocía tal preparación como algo posible. Pude observar, para sorpresa mayor, que el plato aparecía reseñado en el menú como “Conejo a la Emily”. Cuan claros son a veces los caminos del subconsciente.
Mi paciente me confío de a poco y con cierto recato, algunos detalles respecto a la relación con su padre que ella entendía eran algo delicados. Supo contarme acerca de una vez que tras mucho esfuerzo le hizo confidencias a este sobre su deseo de convertirse en mujer alpinista. Fue ese un episodio muy triste, ya que según ella el anciano río tanto que golpeó su cabeza contra una alacena de fino cobre de Mali y por dos días la confundió con un soldado turco y la acechó por las galerías de la casa lanzándole improperios antiimperialistas, tendiéndole trampas de hilo para que tropezara y arrojándole agua hervida para bautizarla.
Esto sucedió en época de navidades y justamente fue en los días siguientes que Emily notó un punzante dolor que comenzaba a afectar su zona hepática.
Una semana después, Emily reapareció en mi consulta y su semblante no era del todo alentador. Estaba atacada por un color amarillento en el rostro y al pronunciar la S mostraba una tendencia preocupante a escupir sangre.
Entendí que el trastorno originado por la relación con su padre había tomado un vuelco para peor y esgrimí una solución inmediata. Tras un par de telegramas logré conseguirle hospedaje en Berna bajo la tutela de un allegado quien la entrenaría en las artes verticales del alpinismo de risco y montaña. De este modo podría ella dar cierre al inocente, pero no menos peligroso, influjo de su progenitor.
La ayudé a aprovisionarse antes de partir. Puso en sendas canastas una variedad de fiambres, carnes secas y pan de chicharrón que me hizo pensar un tanto en que Emily no comprendía que era esta apenas una estadía de tres días, pero más tarde comprendí que ella necesitaba en su fuero más íntimo, entender que se preparaba para el resto de su vida. Si así fuera comida no le faltaría, vaya que no.
Supe a los pocos días que Emily estaba bien acomodada y preparada para comenzar su entrenamiento, pero fue mucho muy terrible lo que apenas unos días más tarde me llegó como noticia.
Emily M., confidente y paciente mía, fue encontrada sin vida a quince metros de altura en un claro no muy lejos realmente de su cabaña. Aparentemente habría sufrido una múltiple hemorragia interna y en un último gesto acongojante de amor al hogar, se recostó aferrada a una canasta vacía con la mirada al cielo. Con tanto celo se aferró a este objeto antes de fallecer que tuvieron que llamar a un tercer guardaparque para separar sus dedos del canasto. En su mano libre aferraba aún otra pertenencia, pero letal esta. Arrugado y mojado, un telegrama de su padre con una extraña pregunta: “¿Qué pasó en la alacena?”.
Así fue que un último empujón inintencionado por parte de su progenitor, movió barranca abajo a su tambaleante psique y el cuerpo de la querida Emily dijo,” Alguien ha de decir basta”.
¿Es culpable el avance trepidante de la tecnología que no nos permite alejarnos de los otros por completo cuando lo necesitamos?
Es mi humilde opinión que sí.
Bueno, tras esta lectura podemos culpar a Freud de ser un pelotudo del tamaño de un helicóptero. Uno de los modos de la pelotudez más común es el de llegar a conclusiones complejas cuando las respuestas correctas son tanto más simples y visibles. Nosotros creemos que Freud no era realmente un pelotudo pero tenía sus momentos. Es recordado el suceso aquel donde queriendo animar a una familia afectada por la guerra y que había perdido a dos de sus tres hijos, le dijo al padre: “Andá a saber, por ahí no están muertos, por ahí están onda… perdidos o algo”, olvidando que de hecho estaba parado a metro y medio de los ataúdes, detalle que recordó dos segundos después y abandonó la habitación inventando una excusa torpe acerca de una bicicleta sin candado ya que aún no había celulares y no podías tirar la de “Uh, bancame, debe ser del laburo.”
Ser pelotudo no es solo algo que afecta a aquellos con graves responsabilidades sociales. Hay muestras de alarmante pelotudismo en otros estratos.
Ejemplos que dan algo de color.
Tenemos al director técnico de dinamarca del 73, Dirk Manjjia, que en medio de la arenga técnica previa a un choque frente a Italia por la Euro, vio una cucaracha en una pared y se puso a llorar.
Rokkalin Insmiünel, guitarrista del conjunto de black metal sueco “Natal Destroyer Angel Mürder”, en su primera presentación en Donnington tocó el solo de “Rain of killer death” dentro de una bañera con sangre. Su desaprensión por la instrumentación acústica y la alta conductividad demostrada por la sangre se cobró una prometedora carrera.
Hermoso ejemplo el de Shakespeare, tan conocido por su capacidad para escribir a pluma alzada como si una conexión con lo divino lo moviese. Una visión más humana nos regalan estos borradores de MacBeth.
(Entran Macbeth, Banquo, Ross y Aníbal)
Macbeth
Debo mucho por ser caballero
Y por ser leal es que me deben aún más que lo que debo
Banquo
Hablas con premura y bien sabes que la lengua
Mata más rápido que la espada
Aníbal
Que onda hoy a la noche?
Porque si me avisan sobre el pucho yo no puedo tirar todo para atrás
Ross
Cuando los hombres hablan no debería haber más eco
Que lo que los hombres entienden
Aníbal
O sea, yo siempre tengo la mejor pero lo único que pido
Es un toque de consideración, es levantar el tubo y “Che Aníbal, al final no hace falta”
O sea… nada
Macbeth
Hablar solo preludia a la guerra
O la dilata, y el hombre muere leal con los labios sellados
Aníbal
El otro día yo me levantaba tipo seis y alguien escuchó a Aníbal onda
“No che, dejá, gracias, es que me levanto temprano”?
O sea, es onda un poco de códigos viejo. Las cosas como son.
O sea, onda… es eso.
Banquo
Podemos ir de la china al sol tan solo usando la lengua,
Cuantos soldados descansan de frente a las estrellas
Por culpa de nuestras palabras?
(…)
Al parecer en un ataque de desconfianza acerca del éxito de su obra, Shakespeare habría agregado un misterioso personaje de nombre Aníbal, con unos modos que parecieran ser un intento por acercarse a un lenguaje más popular. Por supuesto que luego lo leyó un par de veces de corrido y dijo “La limé”, y si bien tuvo que matar a un cuidador de caballos al que le había leído un pedazo del borrador, pudo continuar la obra sin problemas y restando a dicho personaje.
Vemos amigos, salvo que sean ciegos además de pelotudos (aunque en ese caso no ven y este chiste se desperdicia por lo cual se ruega que si conocen a un ciego le cuenten sobre este chiste y despúes me manden un mail con la reacción) como la pelotudez ha estado presente no solo en las vidas mediocres que nos rodean a diario, si no también en aquellas que por ser tan elevadas nos encandilan si las queremos ver de día.
Dormid tranquilos entonces, puesto que la pelotudez que cometisteis ya ha sido cometida antes por otros de más valor que tú.
Solo recuerda: Las lecciones son para maricas, lo que vale es la resistencia al alcohol barato.

aca llegue pero no lei mas que algun titulo.
ResponderEliminarusted se lo pierde, me dira.
ResponderEliminarMaravilloso me siento iluminado!!!
ResponderEliminarOtros hombres que cometieton pelotudeces fueron: Napoleon, Hitler, Chiche Gelburn, Borges, Maupassant y Bonellli (el del noticiero, que aparentemente tendría un record Guiness al respecto...)
oenlao, no te diría eso, te diría que sos un vago hijodeputa.
ResponderEliminarque verga tenés que hacer? La página del Olé! no se actualiza hasta dentro de dos horas.